La vida adulta, ese periplo vital que se extiende desde la juventud hasta la vejez, se presenta con matices muy distintos a las expectativas iniciales. A menudo idealizamos los treinta como la “flor de la vida” y demonizamos los cuarenta como una inevitable “crisis”. Sin embargo, la realidad, según psicólogos expertos, es mucho más compleja, un camino salpicado tanto de momentos luminosos como de desafíos. Este análisis psicológico nos invita a reflexionar sobre la gestión de las pérdidas, el duelo y la tendencia a patologizar experiencias emocionales naturales en el vertiginoso ritmo de la sociedad contemporánea.
Resulta común que las percepciones sobre la edad adulta fluctúen drásticamente. A los treinta, la euforia puede ser palpable: un trabajo gratificante, una relación sentimental sólida, el vigor para afrontar cualquier reto físico y un círculo de amigos incondicionales. Se percibe un horizonte de infinitas posibilidades y logros. Sin embargo, una década más tarde, la perspectiva puede cambiar radicalmente. A los cuarenta, el empleo soñado quizás ya no despierte la misma pasión, la pareja puede haberse alejado, dolores inesperados surgen en el cuerpo y algunas amistades entrañables se han desvanecido. Esta dicotomía plantea la cuestión de si realmente existe una “crisis de los 40” y si la etapa previa fue verdaderamente la “flor de la vida”.
La psicóloga Timanfaya Hernández Martínez, decana del Colegio Oficial de la Psicología de la Comunidad de Madrid, junto a sus colegas Mónica Sánchez Reula y Juan José López Marañón, desmitifican estas concepciones. En su diálogo con EFE Salud, subrayan que la edad adulta no es ni tan radiante como se pinta a los treinta, ni tan oscura como se percibe a los cuarenta. Lo fundamental, recalcan, es comprender que el crecimiento implica inexorablemente enfrentarse a duelos y pérdidas. El camino hacia la madurez está intrínsecamente ligado a la aceptación de que la vida incluye momentos difíciles, decisiones cruciales y cambios de rumbo.
El contexto social actual agrava esta situación. La vida moderna se caracteriza por un ritmo frenético y exigencias desmedidas. Como señala Hernández, se espera que seamos trabajadores excepcionales, padres ejemplares, socialmente activos, excelentes cocineros y deportistas incansables. Esta aspiración a la perfección en múltiples ámbitos es inalcanzable y genera una constante sensación de “no me da la vida”. Esto, a su vez, conduce a diversas pérdidas: físicas, por enfermedades; emocionales, por decepciones en las relaciones; y la cruda realidad de la vulnerabilidad humana.
Las llamadas “tormentas cognitivas” también forman parte de la edad adulta. Estos períodos, definidos por Hernández como una avalancha de pensamientos difíciles de ignorar, exigen un proceso de aceptación y afrontamiento. La negación, según la experta, es una trampa: “aquello que niegas, te somete”. La vida no siempre sigue el camino que planeamos; las relaciones evolucionan, los éxitos y fracasos se alternan, y uno debe aprender a navegar estas dificultades con el tiempo. Es en este punto donde la capacidad de adaptación y la resiliencia se vuelven esenciales.
Un aspecto crucial abordado por los psicólogos es la falta de educación en la gestión del duelo. A menudo, la sociedad estigmatiza el sufrimiento, y aunque se ha avanzado en la conversación sobre salud mental, el duelo sigue siendo un tema tabú. La frase “no me da la vida” es, en esencia, la constatación de una pérdida. Sin embargo, la experta propone una solución metafórica: “dar la vuelta al jamón”, lo que significa confrontar el presente y decidir qué se hará de ahora en adelante, reconociendo que se ha llegado a la mitad del camino.
Es vital cuestionarse los propios deseos y aspiraciones en la edad adulta, una ventaja en muchas sociedades que permite la autoexploración y la reinvención. Sin embargo, los expertos advierten sobre el riesgo de la “patologización excesiva”. Preguntas abstractas como “¿qué es lo que quiero?” pueden generar ansiedad si se rumean constantemente, llevando a patologizar emociones que son perfectamente normales. Existe una paradoja: mientras aumenta la conciencia sobre el cuidado de la salud mental, también crece la tendencia a diagnosticar como patológicos estados emocionales comunes como la tristeza o la ansiedad, especialmente en el rango de edad de 20 a 40 años.
La noción de “la flor de la vida” puede ser una trampa, ya que genera una sensación de culpa si la realidad no cumple con las expectativas idealizadas de tener un buen trabajo, una pareja estable o hijos. Cuando estas metas no se materializan, o resultan diferentes de lo imaginado, el mensaje social puede resultar abrumador. En la edad adulta, especialmente entre los 20 y 40 años, se observa una alta prevalencia de ansiedad y tristeza, lo que sugiere que esta etapa, lejos de ser idílica, presenta sus propias complejidades y desafíos emocionales significativos.